
Morderse las uñas, carraspear, frotarse la nariz, morderse los labios, vestirse en un orden concreto… Los tics y manías son muy frecuentes en la infancia, suelen comenzar entre los cinco y los siete años y aumentan entre los ocho y los diez, llegando a afectar a un 20-25% de la población escolar, para ir desapareciendo paulatinamente en la adolescencia.
Aunque a veces los utilicemos como sinónimos tics y manías no son lo mismo. Un tic es un movimiento corto, repetitivo e involuntario, y que se realiza con frecuencia y de manera irregular. Una manía es una conducta, de carácter voluntario aunque muchas veces inconsciente que se repite muy a menudo. Lo que tienen en común es un origen con frecuencia ligado a situaciones de ansiedad o estrés.
Esta es la principal razón por la que los padres debemos evitar llamar la atención del niño sobre estos comportamientos, que con frecuencia son de carácter transitorio y ceden con la edad. Si pedimos al niño que pare porque su conducta nos resulta irritante, o lo cupabilizamos, lo que en realidad hacemos es aumentar la ansiedad, lo que a su vez aumenta las probabilidades de que los comportamientos indeseados se fijen o incluso aumenten. Por otro lado, el esfuerzo que puede necesitar para controlar los tics y manías puede llegar a afectar a su rendimiento académico o impulsarle a limitar sus relaciones sociales.
En la inmensa mayoría de los casos los tics y manías tienden a desaparecer de forma espontánea. A medida que los niños aprenden a manejar las situaciones que les generan ansiedad, o desaparece la causa primaria de ésta, las rutinas que les servían para afrontarlas dejan de ser necesarias y desaparecen sin dejar rastro.
En caso de que el comportamiento afecte a las actividades diarias de nuestro hijo de forma negativa, o se prolongue en el tiempo por un período superior a un año debemos consultar a un especialista, para descartar otros trastornos más graves, pero muchísimo menos comunes, como el Trastorno de Tourette o el Trastorno Obsesivo Compulsivo y que podrían necesitar terapia individual y/o tratamiento farmacológico.
Que los niños padecen ansiedad o estrés en determinadas etapas de sus vidas es algo que ya a estas alturas resulta obvio. Los adultos les exigimos que se adapten a un mundo, unos horarios y unas actividades que distan mucho de ser ideales para ellos. Ante una situación de este tipo cabe preguntarnos cómo nos gustaría a nosotros que nos tratasen si estuviesemos en un estado de ansiedad y estrés.
Más información | sepeap.org, psiquiatria.com
Foto | leochi
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