
Seguro que a estas alturas, muchas de vuestras casas ya están adornadas con un pequeño Belén navideño. Para mis sobrinos, el Belén es de plástico, pero en mi casa que no hay niños, es de cerámica. Los peques lo pusieron el fin de semana pasado y disfrutaron como locos porque además de los personajes típicos, les dejamos poner sus juguetes pequeños en la escena. Así, en su Belén, los Reyes Magos son tres clics de Playmobil y en vez de ovejas, los pastores cuidan un elefante que les salió de regalo en un huevo de chocolate.
El caso es que a mis sobrinos, además de montar su propio Belén, les gusta ver cómo están hechos otros y justo en Adviento y Navidad es una época perfecta para ver belenes por todas partes. El año pasado estuvimos en varias iglesias que habían incluido figuras que se movían, agua que corría y luces que se encendían y se apagaban simulando el paso de los días, pero también vimos el del Ayuntamiento (que este año está en la plaza de Colón) y otros en tiendas, varios en colegios… Vaya, que nos hicimos una ruta belenística en toda regla. Esto es sólo en Madrid, pero yo recuerdo una Navidad que pasaba por Murcia y me encantaron todos los belenes que vi, los hay preciosos.
Lo que más les gusta a mis sobrinos es que les cuente la historia de por qué se hacen belenes porque les hace reír. Os la voy a contar, por si queréis transmitírsela a vuestros peques: