ElegÃa a la profe

Hablando de músicas se acordó mi niña de ocho años del festival del colegio y quiso escuchar la melodÃa de su actuación. Me la encontré mirando la foto de la clase del terminado curso, llorando mientras acariciaba la imagen de su profesora. Le decÃa adiós para siempre con sus húmedos ojillos, pues cambia de ciclo y por tanto también de tutor. Ha empezado a comprender la renuncia que implica el crecer, el cambiar de etapas, la evolución… Y aún no sabe nada, pobre mÃa.
Aún no sabe la de personas, actividades, amores, trabajos, casas que tiene que dejar atrás. Quizás por decisión propia, pero no por ello menos doloroso. No sabe que cada progreso que tenga en su vida implicará probablemente un adiós. Mi hijo cuando era más pequeño se quejaba amargamente de que a esos niños que conocÃa un dÃa cualquiera en un parque cualquiera ya no volvÃa a verlos: él siempre los emplazaba para el dÃa siguiente, nos hartábamos de esperarlos, lloraba un poco, les guardaba luto unos dÃas y, sin entender nada, los olvidaba. Poco a poco comprendió. Ahora le toca a la pequeña.
Yo soy bastante mayor y aún no lo he asimilado. Mi vida se ha llenado de cadáveres que apenas arrastro pues no puedo librarme de casi ninguno. Por mi profesión he cambiado mucho de compañeros y aún lo llevo mal. Cómo no lo va llevar mal una niña de ocho años y con su profesora. Los profesores dejan una huella indeleble en los niños; sean buenos o malos, una parte de lo que sean se lo deberán a sus maestros.
Adiós, profe querida… ¿Qué podemos hacer para consolar a nuestros peques del inexorable paso del tiempo? Quemar etapas, evolucionar, probar cosas nuevas…, ¿es tan importante realmente? ¿Es necesario? De momento, sólo pude sentarme y llorar con ella. Pero yo, más, porque ella no sabe lo que le espera. ¿O sÃ?
Foto | Dskciado.





