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Supernanny utiliza métodos basados en el control de los comportamientos, donde la afectividad juega un papel muy escaso

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Os tengo que contar que a pesar de todas las bondades que se le atribuyen al programa Supernanny, no he conseguido ver más que algunos minutos en un par de ocasiones, y lo que vi no me gustó. Tampoco me gusta lo que se cuenta de ella, así que como la televisión me gusta poco y ver sufrir a los niños aún menos, la posibilidad de que me convierta en seguidora es completamente inexistente.

Voy a aprovechar que este programa se emite de nuevo en el canal Cuatro, para compartir con vosotros un artículo de un psicoterapeuta maravilloso que se llama José Luis Cano Gil, que también es escritor. Y además de la opinión de este experto, os puedo aportar que los motivos principales por los que no me gusta Supernanny son los siguientes:

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¿De verdad pensamos que son cosas de niños?

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Cuando se habla de acoso escolar o de violencia en los colegios, todos volvemos la mirada a la Educación Secundaria, es como si quisiéramos eludir que en niños más pequeños estas situaciones también se producen, pero con ello también evitamos abordar las problemáticas concretas y – lo que es más importante – intentar prevenir que se vuelvan a producir.

Es curioso porque el Consejo Escolar de los colegios está formado por una serie de comisiones de trabajo, una de las cuales es la de “convivencia” donde se pueden abordar estos temas a propuesta de cualquiera de los integrantes en este órgano colegiado (entre los cuales están los padres). Pero de “puertas a fuera” cuando se plantean casos de acoso o violencia uno de los comentarios más recurrentes es: “no pasa nada, son cosas de niños”.

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El abordaje de la ira en los niños a partir de una bonita historia

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En una ocasión escuché a una profesora explicando una historia a sus alumnos: les contaba que en algunas tribus africanas al nacer un niño, las mujeres se reunían entorno a la madre y al bebé y le cantaban al pequeñín una dulce canción. Les contaba que esas mujeres (tías, abuelas, vecinas y amigas) veían felices como el niño crecía e iba madurando y que ayudaban a la madre en la crianza y educación (como sigue ocurriendo en sociedades tradicionales).

Cuando el niño enfurecía o se enfadaba por algún motivo, las mujeres lo llamaban a su lado y volvían a entonar la misma melodía con la que le obsequiaron al nacer, escuchar los cantos y sentir la presencia a su lado hacía que el pequeño se tranquilizara puesto que, ante todo, contaba con unos adultos que le comprendían y le acompañaban, pero que también querían protegerle de su propia ira.

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Cómo manejar la ira

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Todos hemos leído y comprendido que tenemos que utilizar la empatía, la comprensión y el respeto en nuestro trato con los niños (y con todo el mundo, en realidad). Que hay que derrochar paciencia y nunca perder el control, eso que les pedimos a ellos constantemente. Sí, sabemos bien la teoría de la palabras que hay que decir y las que no. Pero ¡qué difícil es mantener el tipo en mil pruebas que nos ponen nuestros hijos todos los días! Realmente se diría que al final el mayor problema es manejar la ira.

Todos somos padres cariñosos y conscientes hasta que nos enfadamos. Entonces la furia nos suelta la lengua y podemos legar a insultar o amenazar a nuestros pequeños. Pero, ¿cómo vamos a hablar con serenidad si la situación nos saca de quicio? Es mejor no pretenderlo y considerar que es mejor soltar nuestra ira de una forma no lesiva para nadie (incluídos nosotros mismos), más que guardarla hasta que se salga por donde no debe.

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El niño enfadado

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enfado2.jpgTodos nos hemos enfadado alguna vez, aunque algunos parecen vivir en ese estado casi permanentemente, y los niños no van a ser menos. Depende del adulto ayudarles a entenderlo y superarlo, para que no quede ira residual en ellos. Lo más importante es no juzgarles y comprenderles, puesto que como adultos sabemos lo que se siente al estar enfadados y no nos ayuda en nada que intenten prohibirnos el estar así, que es lo que muchos niños sufren en estas situaciones.

Con nuestro hijo hemos tenido momentos de más o menos tensión, según la acción que provoca el enfado en sí. Es comprensible entender que si algo no ha salido como él esperaba, evidentemente, se va a enfadar. El grado siempre dependerá de nuestra comprensión y la manera que tengamos de manejar la situación.

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