
Parece que cada hijo tiene unas características que lo definen. Es muy corriente que más o menos sin querer adjudiquemos etiquetas o papeles a nuestros hijos: “A Pepe se le dan muy bien los deportes y Roberto es un desordenado”. Puede parecer justo que llamemos a cada uno según su comportamiento, pero esto es peligroso: los niños (y los adultos también) actúan según las expectativas que se tienen de ellos. Si unos padres consideran que su hijo es torpe, no se atreverá a probar nada nuevo; si a otro niño se le llama desordenado, nunca se ocupará de guardar nada porque dará por hecho que lo va a perder.
A veces sólo es necesaria una frase o una mirada para comunicar a los hijos el concepto que los padres tienen de él y adjudicar un papel durante años. Esto condiciona el concepto que el niño tienen de sí mismo, sus sentimientos y su conducta. Es muy difícil para los padres no aludir a la etiqueta constantemente: “¡Si es que eres…!”. Hace falta mucha voluntad para cambiar la tendencia y trazar un plan para liberar al hijo de su papel.

