Un día en Aquopolis

En mi familia hay una tradición que tiene cerca de quince años. Todos los veranos vamos al menos un día al Aquopolis más cercano a pasar la jornada, y este año no ha sido menos. El día elegido fue el primer sábado de agosto para evitar que se nos echara encima el mal tiempo, aunque hizo un poco de frío sobre todo después de comer.
En Aquopolis mis sobrinos se lo pasaron en grande, no pararon en todo el día, parecía que les habían cosido los flotadores gigantes. Los más pequeños se pasaron el día en la zona infantil bajo la estricta supervisión de las madres (y de los tíos cuando nos pillaban despistados), subiendo y bajando por los toboganes y recorriendo las cuerdas en busca del “tesoro” que había escondido mi cuñada, que siempre se inventa los mejores juegos.