
Niños que se pasan horas haciendo los deberes del colegio porque nunca les parecen bien hechos; niños que no quieren empezar tareas nuevas por si no se les dan bien; inseguros al llegar a un examen aunque hayan estudiado y que consideran un desastre cualquier nota por debajo de diez. ¿Os suenan estos comportamientos? Son los niños perfeccionistas.
Estos niños se dejan la vida en buscar una perfección que muchas veces sólo está en su cabeza. No se trata simplemente de procurar un trabajo bien hecho, sino en la permanente insatisfacción. No aceptan que cometer errores es algo natural, que forma parte del proceso de aprendizaje, sino que por el contrario lo viven como un error personal que no tiene por qué ocurrir. Además, muestran una constante preocupación por el concepto que tienen los demás de ellos.
¿Dónde está el límite entre lo deseable y lo patológico? En la propia felicidad de cada uno. Si se convierte en una obsesión que los hace desgraciados permanentemente y les impide llevar una vida normal, los psicólogos dicen que se trata del síndrome del perfeccionista. Los rasgos de este síndrome suelen aparecer entre los cuatro y los siete años. De adultos serán personas muy exigentes tanto con ellos como con quienes les rodean y al igual que no se aceptan errores propios tampoco se los aceptarán a los demás. Por otra parte, no todo será malo: serán personas muy organizadas y eficientes en su trabajo.
Qué podemos hacer los padres para ayudarles
Muchos de estos niños son hijos de padres perfeccionistas o de padres que quieren ver en sus hijos cumplidos los logros que ellos no consiguieron. Debemos tener en cuenta que los niños deben ser educados de acuerdo con sus capacidades y no con los deseos de los padres. Veamos unas pautas que pueden ayudarles.
- Gestionar correctamente las alabanzas. Un exceso de alabanzas crea dependencia. Debemos valorar el esfuerzo, no el resultado y menos el tiempo empleado. Es conveniente enseñarles a valorar más su propia opinión que las de los demás. Por ejemplo, en vez de decirles “Estoy orgulloso de ti”, mejor “Estarás muy orgulloso de ti”.
- Enseñarles a fijarse objetivos realistas y a repartirlos en el tiempo. Hacerles ver que conseguir determinadas metas no depende tan sólo de nosotros, sino también de otros factores. Es conveniente hablar del problema con los profesores del niño, proponerles reducir el volumen de trabajo para casa, para reducir su ansiedad. Y obligarles a dejar las tareas para ir a jugar o a pasar un rato en familia. Si aceptamos que pase el fin de semana trabajando en vez de divertirse o descansar un rato, le estamos diciendo que es más importante el trabajo perfecto que las relaciones humanas.
- Debemos impedir que cualquier error le lleve a considerare un perdedor y a plantearse dudas acerca de su capacidad. Los errores puntuales no definen a una persona tanto como su actitud y sirven para aprender y crecer.
- No culpabilizarlos por su defecto. Es estupendo que quieran hacer bien sus trabajos, lo que ocurre es que son pequeños y no saben hasta dónde deben llegar, pero sus padres y profesores vamos a ayudarlos.
- Y, como siempre, aplicarnos el cuento y dar ejemplo: demostrarles que aceptamos nuestros propios errores. En vez de decir “Mira que soy tonta, qué fallo he tenido”, mejor “Vaya, qué despiste, la próxima vez no me ocurrirá porque voy a poner remedio”.
Foto | Jaimelex.
Más información | El Síndrome del Perfeccionista, Puleva Salud.
En Peques y más | Nunca es tarde para rectificar.
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