
Este verano hemos tenido ocasión de participar en las casetas de tiro que se instalan en las ferias por los pueblos y barrios de España. Cuando era niño mi madre me dejaba tirar con carabina y perdigones a las bolas o a los palillos y casi siempre me sacaba algo.
Conforme fui creciendo más llegué a pensar que tenía buenas sensaciones en el tiro (a pesar de las armas que nos entregan a los visitantes con mirillas manipuladas a martillazos) y cuando pasé por el ejército para cumplir con el servicio militar tuve alguna felicitación del Capitán a pesar de que sólo pudimos disparar 40 balas. Supongo que es algo de pulso y un poco de suerte.
El caso es que en las ferias y en el verano lo he intentado con las carabinas que disparan o corcho o perdigones bajo la inquisitorial mirada de mi hija para ver si su papá era capaz de conseguir algún premio. Es lo malo de conseguirlo alguna vez, que se piensa que se puede conseguir siempre, ¿verdad?
Tuve suerte y pude conseguir algún premio pero, como era de esperar, no cubría las expectativas de mi hija.
Al menos hemos intentado enseñarle alguna lección, como que tirar es difícil, que hay que tenerle respeto a las armas y que no siempre se gana un premio bueno por lo que hay que aprender a conformarse con lo que se gana para no enfadarse.
Foto | Waldo Jaquith
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