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Hoy comienzan las vacaciones de Semana Santa para muchos adultos en mi comunidad autónoma, entre ellos mi marido, y en casa, teníamos preparado algún que otro plan para estos días de fiesta.

Todos nos las prometíamos felices, después de que mi pequeña de dos añitos, haya superado en gran medida lo que en un principio nos comentó el doctor era una incipiente infección en sus pulmones. Esperábamos que por fin su hermanito de siete años disfrutara plenamente de estos cuatro días que le quedan de vacaciones escolares, disfrutando al aire libre con sus juegos preferidos o al menos haciendo actividades familiares y divirtiéndose algo más que lo que ha podido hacer estos días de médico en médico, acompañando a su hermana.

Pero no va a poder ser. Como ocurre muchísimas veces en todos los hogares del mundo, el ser hermanos, no solamente les compromete a compartir padres, familia, casa y demás. También les hace muchas veces compartir virus y otras enfermedades benignas propias de la infancia.

Anoche, mientras en casa terminábamos de decidir y programar nuestros días de fiesta, coincidiendo con la mejoría de nuestra hijita, el grandullón de la casa, comenzó a sentirse mal y a tener fiebre. Una vez más, sentí esa preocupación maternal que las mamás sentimos sobre nuestros pequeños, ya tengan dos meses o diez años. Cuatro días después de que su hermanita comenzara en casa con fiebre y de que ayer mismo el pediatra nos confirmara que lo que había provocado la infección de nuestra hija había sido un virus.

Virus. Esa palabra que los papás y mamás no nos gusta tener cerca de nuestros pequeños, pero que por desgracia tantas y tantas veces tenemos entre nosotros. Y como nos explica el post, tantas veces comparten nuestros hijos. Ya lo dice el refrán: “compartir como buenos hermanos”. En realidad en este caso, estaría bien hacer excepciones. ¿No creéis?

Ahora solo nos queda esperar que nuestro pequeño se reponga enseguida. Eso es lo que en casa a todos nos importa por encima de cualquier otra cosa. Para ayudar a nuestro príncipe a su recuperación temprana, tendrá todo el cariño incodicional de sus papis y de su hermanita, a la que además de compartir sus virus con él, le encanta compartir su cariño.

Aunque a veces nos entren ganas, no podemos meter en una urna de cristal a nuestros pequeños, poco a poco se inmunizarán de estas benignas enfermedades y no compartirán fiebre y demás incomodidades tan a menudo.

Mientras, solo tendremos que cuidarles como solamente sabemos los papás y mamás, con esa medicina que todo lo cura y que también comparten los hermanos: el inmenso amor que sentimos por ellos. Un amor que no hace falta dividir, porque se multiplica sin importar si son dos o son diez. Porque tener hermanos a pesar de compartir algún que otro mal, es una fuente de amor y de aprendizaje.

Imagen| michael_bryant en Flickr

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