Niño bueno, niño malo

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Desde el mismo momento en que un niño nace mucha gente de su entorno empieza a preguntar a la madre si el niño es bueno o malo. Cada vez que a mí me hacen esa pregunta me quedo con la misma duda: ¿Cómo se sabe si un niño es bueno o malo?

Y es que nadie sabe para qué sirve un niño, no tienen una finalidad concreta o una utilidad que nos sirva de baremo. Así que muchos adultos catalogan a los niños en uno de estos dos grupos en función de cuánto se parecen a su ideal de niño (lo que ellos consideran que un niño debe ser) y en este tema tampoco hay unanimidad. Unos quieren niños callados y tranquilos, otros niños alegres y charlatanes. De cómo afectan estas etiquetas a los niños que las reciben hablaremos más adelante en Peques y más.

Las madres también tenemos estas ideas preconcebidas de lo que debería ser un niño, y al conjunto de acciones que llevamos a cabo para lograr que nuestro hijo se asemeje más a esa imagen, es a lo que llamamos educación. Educar a un niño es moldearlo para convertirlo en lo que queremos que sea, sólo hay un detalle que no deberíamos perder de vista: educamos a nuestros hijos con la idea de lo que debe ser un niño, y muchas veces olvidamos que el objetivo real de la educación es convertirlos en buenas personas, ya que cuando la educación haya finalizado no obtendremos niños, ni buenos ni malos, sino adultos.

Valores que muchos padres consideran importantes para un niño pueden no ser lo mejor para un adulto. Mucha gente diría que un “niño bueno” debería obedecer sin rechistar y sin hacer preguntas. Si conseguimos educar a un niño así obtendremos un adulto desinformado y conformista, que acata cualquier norma sin preguntarse si tiene un valor real o si hay alternativas y eso a mí ya no me parece tan bueno. En nuestra sociedad el ideal de adulto es casi diametrálmente opuesto al ideal de niño (y luego nos extrañamos de que los adolescentes estén confusos sobre cuál es su papel).

Así que una pregunta que deberíamos hacernos los padres es cómo queremos que sean nuestros hijos de mayores, y actuar en consecuencia. Yo por ejemplo espero que de mayores mis hijas sean tolerantes, capaces de pensar por sí mismas, que muestren la empatía suficiente para comprender a los demás y que tengan el valor de luchar por lo que desean. Mis hijas no son dóciles, ni me obedecen siempre y en muchas ocasiones me plantan cara. Puede que a mucha gente le parezcan desobedientes o irrespetuosas, pero yo sé que todo esto servirá para que en un futuro sepan defenderse y desenvolverse en el mundo.

Foto | Waponi
En Peques y más | Enseñar modales en la mesa, ¿Se puede educar a los adolescentes?

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