
¡Cuántas veces al día nuestro hijos no están de acuerdo con lo que les pedimos o nosotros con lo que piden ellos! Muchos días parece que no hemos hecho otra cosa que discutir con los peques. Y es que no nos gusta discutir, pero tampoco que no nos hagan caso ni tener que darles todos los caprichos que nos piden.
Ante todo, la primera norma es evitar subir el tono de la discusión, no hace más que llenarnos de ira y el conflicto se enquistará. Después, conviene parar y pensar en lo que está pasando, porque muchas veces nosotros también nos estamos ofuscando con la discusión y no razonamos. Hay que procurar que no se convierta simplemente en una lucha de poder.
Cuando estemos más tranquilos, podemos hacernos estas preguntas: ¿Cómo ha empezado esto? ¿Cuál es el motivo de la discusión? ¿Cuál es mi postura y por qué razón? ¿Merece la pena el enfrentamiento? Muchas veces, el simple hecho de parar y pensar un poco ya arregla el conflicto. Y otras veces nos daremos cuenta de que su petición no es tan descabellada y de que estábamos negándonos simplemente para ganar.
Eso sí, una vez razonada y tomada la decisión, hay comunicarla a los niños y mantener la postura. Normalmente, cuando se les deja claro que la razón está muy pensada ya dejan de protestar, ya que a estas edades ellos mismos se dan cuenta de lo que es razonable y lo que no.
Y la regla de oro: confianza en ellos, son mucho más capaces de lo que creemos.
Foto | gopal1035.
Más información | Sólo hijos, Instituto de Tecnologías Educativas.
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