Los niños nos enseñan a ser felices

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Los adultos nos pasamos buscando día tras día la felicidad a través del dinero, el reconocimiento de los demás y otros factores que carecen de lo que resulta esencialmente humano. Nunca nos paramos a pensar que la vida es lo inmediato y que pasado ese segundo ya no volverá a existir. Y en esa búsqueda de lo que creemos la felicidad, nos perdemos lo verdaderamente importante por el camino.

La infancia es una etapa en la que se valora lo realmente necesario para disfrutar de la vida en plenitud y felicidad. Se da un valor muy grande a las cosas verdaderamente importantes como son nuestros padres, hermanos, los amigos, el compartir juego y risas, la libertad, el ser fiel a uno mismo. Algo que según vamos creciendo va menguando a causa de todas las influencias que vamos recibiendo del exterior..

Cuando los niños no están influenciados por los estereotipos, etiquetas ni exigencias sociales, son capaces de fluir de tal manera que consiguen ser felices sin tener ni un euro, sin necesidad de ser reprobados y reconocidos por el resto de personas ni depender de nada que no sea su propia libertad para vivir.

Los niños carecen de prejuicios, no tienen discriminación dentro de su ser. Ellos son como un libro en blanco que solamente se escribirá a través de las experiencias que vayan recibiendo hasta llegar a ser mayores. Nosotros los adultos, deberíamos observar el comportamiento de estos maravillosos seres quien gracias a que aún no muestran signo alguno de corrupción en su forma de obrar, conservan la verdadera esencia de la bondad, generosidad, fortaleza y el único camino de la felicidad.

Por poner algunos ejemplos más tangibles a todas estas palabras puedo decir que en la enfermedad a ellos les pesa mucho menos que a los adultos. Si nosotros por cuatro estornudos, dos mocos y un poco de fiebre estamos para el arrastre, ellos si no baja de 38 y medio están dando saltos.

También lo demuestran ante la pobreza que desgraciadamente muchos acusan, la sonrisa no se borra de sus labios. Si algo me marcó en un viaje que hicimos a Centroamérica fue ver las inmensas sonrisas de aquellos niños que ni siquiera tenían calzado. Eran unas sonrisas inmensas y que transmitían vida.

Están los que son diferentes a los demás niños por causas físicas, psíquicas, culturales o simplemente de sexo. Ellos nos enseñan que si no se conoce la palabra discriminación no es necesario practicarla.

Y todos aquellos niños que se adaptan y se siguen adaptando a lo nuevo y desconocido. Los adultos nos acomodamos en un trabajo, en un lugar, en una posición y de ahí no nos sacan. Ellos que están en cambio constante con su propia persona ¿cómo no iban a adaptarse a cualquier situación por más nueva que sea?

Nuestros hijos y todos los demás niños son tan sabios que aún me quedarían muchas más asignaturas pendientes de las que nos podrían dar clases. Seguro que si les observásemos más de lo que lo hacemos y los imitáramos en su manera de hacer las cosas ganaríamos en calidad y plenitud de vida.

Porque la felicidad no es necesario buscarla muy lejos. No sabemos que la tenemos muy cerca. Tan cerca que solamente tenemos que agachar la cabeza y nos encontraremos dos luceros que llevan su nombre.

Imagen| agunah
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