
Gritar no nos ayuda a desahogarnos (aunque así lo creamos), tampoco es útil para que los niños presten más atención, y por si fuera poco puede llegar a hacer mucho daño.
A algunos de nosotros (quizás a muchos) nos han gritado, pero esto no es una justificación para que lo podamos hacer también, porque si reconocemos los recuerdos en nuestra memoria y exploramos nuestras emociones, seremos conscientes del miedo que da cuando un adulto te grita, y nos daremos cuenta de que en realidad sirve sobre todo para que el niño acumule rabia, aumentando las probabilidades de que repita ese patrón de comportamiento.
‘¡Me has gritado otra vez en medio de la calle!’, dijo el niño, y la madre expresó desconcierto, desesperación y confusión en su rostro. Sé que todos nos despertamos por la mañana creyendo que seremos más capaces de auto controlarnos que el día anterior, y que nadie quiere hacer daño a sus hijos.
Sin embargo la línea que separa un padre o madre amoroso y paciente, de un progenitor furioso y descontrolado, no es demasiado perceptible en ocasiones. Creo que el problema es que no sabemos (o no queremos) anticipar nuestras reacciones, para reconducir la situación que creemos problemática.
Gritamos porque creemos que ya hemos repetido suficientes veces a los niños que no se peguen, o porque entramos a la cocina y nos encontramos la leche vertida en el suelo. Pero los motivos reales son el cansancio acumulado, la falta de apoyos sociales y comunitarios para criar niños saludablemente, y ‘¿por qué no decirlo en voz alta?’, la creencia en la superioridad de los adultos sobre los niños.
Hace tres años un estudio realizado por científicos de la Escuela Simmons de Trabajo Social de Boston (Estados Unidos), nos mostraba que gritar a un niño también deja señales de por vida en su personalidad. En el año 2003, el Journal of Marriage and Family, se publicó una encuesta revelando que el 74 % de los padres preguntados había reconocido que les habían gritado más de 25 veces durante el último año.
’25 veces’, son muchas ¿verdad? ¿Os imagináis a vuestro compañero de trabajo, vuestra amiga, vuestra hermana, vuestro profesor de yoga…. Gritándoos más de 25 veces en un año? ¿Lo aguantaríais?
Pero olvidémonos de números y estadísticas: ¿qué pensáis de una madre que grita a sus hijos en el supermercado? ¿Cómo os sentís cuando vuestro hijo mayor le grita al pequeño de la misma forma que habéis hecho antes con él? Dicen que lo importante es saber reconocer los errores y ser conscientes de lo que deberíamos cambiar, aunque lo cierto es que también es necesario esforzarnos por mejorar
Y esta es una advertencia importante: lo que les funciona a otros puede que a nosotros no, pero intentemos ser conscientes de nuestras reacciones, de nuestra capacidad para mantener la calma, y procuremos ensayar formas diferentes de conseguir nuestro objetivo (que es ‘dejar de gritar para relacionarnos con los niños’).
Os lo dice una madre que ha leído decenas (en serio) de libros sobre educación y crianza, y al final debe inventar otras formas de relación con unos niños a los que ama, aunque muchas veces consiguen desbordarla.
Cantar, utilizar el sentido del humor, ducharnos, salir a la calle a que nos dé el aire… son estrategias que los progenitores utilizan con más o menos éxito dependiendo del humor, del día…
Aún me queda algo más que contaros: en muchas familias existen algunas reglas de convivencia (pocas pero que todos se comprometen a cumplir): no gritar, no pegar, no insultar. De esta manera unos a otros se regulan y se ayudan a ser conscientes de la conducta a cambiar.
Lo cierto es que cuando aprendemos a gritar menos y lo ponemos en práctica, llegamos a sentirnos orgullosos de nosotros mismos, y les damos un ejemplo muy importante a los niños: un modelo a imitar.
Imagen | lisibo en Flickr
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