
Todos los padres enseñan a sus hijos unos determinados modales en la mesa. Y digo todos porque, aunque algunos no quisiesen enseñar absolutamente ningunos o comiesen con la boca abierta, ya estarían enseñando una determinada forma de comportarse en la mesa.
Yo soy partidaria de explicarles claramente lo que se espera de ellos cuando se sientan a comer, cuáles son las razones de los modales habituales, cómo se puede comer en casa pero no en un restaurante, etc. Forma parte de la vida social que llevan y llevarán, así que me parece importante.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que, muchas veces, lo que a un adulto le resulta fácil, para ellos puede ser incómodo o sencillamente imposible de realizar.
Tengamos en cuenta que un niño no sólo tiene una estatura pequeña, sino que sus manos y boca también lo son. Cuando un niño cambia los dientes, el tamaño de los permanentes es el de un adulto, mientras que su boca sigue siendo la de un niño de seis o siete años. A veces los incisivos superiores son tan grandes que apenas pueden cerrar bien la boca al comer, con lo que hacen ruido al masticar.
Pensemos también en colocarles una silla que les permita estar a la altura correcta con respecto a la mesa, para poder mover los brazos con comodidad, y unos cubiertos del tamaño adecuado a sus manitas. Para ellos, comer con una cuchara normal es como si nosotros nos tomásemos la sopa ¡con el cucharón de servir!
Enseñémosles modales, sí, pero pongámoslo fácil.
Foto | Flickr
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