¿A quién quieres más? o la pugna por la atención de mamá

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A muchos de vosotros seguro que os suena esta situación: dos o más hermanos peleándose por un dibujo que a nosotros nos parece insignificante, ¿el motivo? uno de ellos ha cogido el boceto sin permiso del artista y pretende romperlo, ¡mamá!. ¿Qué hacer?, procuraremos que sean capaces de resolver sus diferencias sin violencia, pero ¿están preparados? o ¿mejor esperamos un par de años antes de dejar de intervenir?.

Lo que muchos adultos llaman celos no es más que un intento de los pequeños por reclamar esa parte de la atención de mamá (y en ocasiones de papá) que les corresponde, si nos ponemos en su lugar quizás podamos entender que realmente lo que quieren lograr es un poco más de dedicación.

Gritos, peleas, acusaciones e intentos de dar golpes son la otra cara de la relación fraternal idílica que toda madre imagina cuando se queda embarazada por segunda vez. No es infrecuente que los progenitores anuncien “le vamos a dar un hermanito a nuestro hijo”, olvidando que la decisión de ser padres de nuevo es de ellos y nada que tiene que ver con el pequeño, al que obviamente no hay que pedir permiso para concebir una nueva vida, pero lo que si que es cierto es que deberemos estar muy atentos a sus emociones y sentimientos. Y también es verdad que las reacciones imprevistas del mayor continuarán aunque pasen los años.

Si nos damos cuenta de los sentimientos de nuestros hijos, si somos capaces de comprender que necesitan  una parcela de atención para ellos sólos, podremos resolver efectivamente algunos de los conflictos entre hermanos que se presentan cotidianamente en nuestras familias:

- Es necesario que dediquemos momentos de exclusividad al hermano mayor mientras el pequeño es un bebé, con el tiempo, ambos necesitarán atenciones personalizadas. Creo que estar pendientes de este detalle es bueno tanto para los hijos como para los padres. Muchas veces pensamos que la exclusividad pasa por dar largos paseos con uno de nuestros hijos, o asistir sólo con él a una actividad, pero cuando ésto no es posible puede bastar con unos minutos en su habitación disfrutando de su compañía y escuchándole sólo a él.

- Cuando disfrutamos de momentos agradables en familia, podemos probar a resaltar las virtudes de cada uno de los miembros de nuestra pequeña comunidad. Yo lo llamo “hablar sobre los dones” y consiste en que cada uno de nosotros enuncia, escribe o dibuja lo que más le gusta de los otros. Es más fácil cuando inician el juego los padres.

- Que los hermanos se comparen entre sí es inevitable, la expresión de esta desigualdad percibida por ellos puede llevarnos a los padres a darles lo mismo a cada uno de sus hijos, ignorando entonces las necesidades particulares. Nuestros hijos no son iguales entre ellos, no necesitan lo mismo de nosotros, y debemos hacérselo saber. La manera en que los tratamos también puede ser diferente: a uno puede gustarle las cosquillas, a otro los besos en la barriga y al tercero subirse encima de su padre mientras están en el sofá.

- No pasa nada si permitimos las emociones, su expresión verbal, intentando contener  las agresiones físicas. No hay nada de malo en que nuestros hijos se digan uno al otro “te odio”, al fin y al cabo en esos momentos es lo que sienten. La expresión del sentimiento consigue que “las aguas vuelvan a su cauce más rápidamente”. Además, es muy interesante si los padres se hacen eco de éso, por ejemplo “ya veo que te sientes muy mal con tu hermano, así que en estos momentos le odias, ¿verdad”, no tiene mucho sentido hacerle sentirse mal por una emoción tan básica.

- No dudaremos en separarlos para evitar que se peguen, mejor que se vuelvan a ver las caras cuando se hayan serenado, y si es posible los podemos acompañar, por ejemplo el padre se queda con uno de los niños y la madre con el otro, así aprovechamos para hablar un poco sobre lo sucedido.

- En este artículo estoy hablando de relaciones familiares, sin embargo he tendido a resaltar la figura de la madre. Aún así, quiero resaltar el importantísimo papel del padre. Apoyo, soporte, confianza y la posibilidad de atender más convenientemente a más de un niño. Además siempre cada uno de los progenitores aporta una visión diferente del problema, y ésto es esencial porque al fin y al cabo el objetivo es el mismo.

¿A quién quieres más?, ésto es lo que parecen requerirnos nuestros hijos cuando disputan entre ellos, en ocasiones lo preguntan directamente. ¿Cómo vamos a responder?, primero tengamos en cuenta que aunque nuestros hijos son nuestra vida, no los queremos igual, y no estoy hablando de que tengamos más amor por unos que por otros. Digámosles que los amamos, y también que nuestro amor es incondicional, pero no tengamos miedo en resaltar las virtudes de cada uno y lo que nos gusta de cómo tratan a sus hermanos. Encontremos momentos cada día para leer a cada uno su cuento preferido, bailemos un vals con la princesa de la casa o entablemos una feroz lucha de cojines con nuestro caballero.

Y si los padres nos sentimos en muchas ocasiones impotentes ante unas relaciones entre hermanos que se nos representan difíciles, cuando llegan los buenos momentos nos “llenamos” de ellos y se nos quedan grabados en la mente y en el corazón, ayudándonos a conseguir serenidad si las cosas se vuelven a complicar. Por momentos buenos me refiero a todos esos instantes que de no estar atentos se “nos pasarían de largos”: miradas cómplices, reuniones secretas y alianzas frente a los límites que imponen los padres. Los hermanos también se quieren y están dispuestos a ayudarse, pero en la practica la cotidianeidad es complicada: diferencias de opiniones, falta de habilitades para solucionar problemas, ¡si a los adultos también nos pasa!

La vida familiar es muy enriquecedora para todos y dentro de este pequeño grupo social nuestros hijos aprenden muchísimo sobre la vida y sobre las relaciones humanas. Aprovechemos todos los momentos, los buenos y los que resultan más difíciles, todos saldremos beneficiados.

Imagen | hotblack

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