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Todos nos hemos enfadado alguna vez, aunque algunos parecen vivir en ese estado casi permanentemente, y los niños no van a ser menos. Depende del adulto ayudarles a entenderlo y superarlo, para que no quede ira residual en ellos. Lo más importante es no juzgarles y comprenderles, puesto que como adultos sabemos lo que se siente al estar enfadados y no nos ayuda en nada que intenten prohibirnos el estar así, que es lo que muchos niños sufren en estas situaciones.
Con nuestro hijo hemos tenido momentos de más o menos tensión, según la acción que provoca el enfado en sí. Es comprensible entender que si algo no ha salido como él esperaba, evidentemente, se va a enfadar. El grado siempre dependerá de nuestra comprensión y la manera que tengamos de manejar la situación.
Por lo pronto lo mejor es siempre
escucharles, que expongan la razón por la que quieren hacer algo, seguidamente tendremos que explicarles las nuestras, de manera calmada y paciente, hasta que logren entendernos también. Normalmente se logra un entendimiento rápido y se buscan soluciones conjuntas, pero siempre con la implicación del adulto. No vale decir que no pueden ver una película, como ejemplo básico, y mandarles que se entretengan de otra manera sin ayudarles a buscar otra vía, puesto que en el estado de decepción en el que se encuentran no serán capaces de pensar en algo que no sea la visión dicha película. Dicho de otro modo, mejor que nos comenten la razón por la que querían verla, nosotros les expondremos las nuestras de manera clara, sin el clásico “porque sí” al que nos tenían acostumbrados nuestros padres, posteriormente podremos buscar alternativas como leer juntos un libro, jugar a algo, salir a la calle,... cada uno sabrá lo que tiene que hacer, al final el no ver la película no entraña ningún problema familiar y el niño se siente bien y sin enfado posterior.
Hay casos en los que es más difícil manejar las situaciones, quizá el enfado dure más, pero lo importante es respetar ese momento, tiene derecho a sentirse así y no debemos cortarle o imponerle un cambio drástico de humor. ¿Cómo nos sentiríamos si no nos dejasen enfadarnos y encima nos obligasen a poner buena cara?, ¿no es preferible que nos ayuden a desahogarnos escuchándonos y comprendiéndonos?, en el caso del niño esto se hace mas patente, dado que manejar los sentimientos y estados emocionales es un proceso largo que requiere un gran autocontrol, y eso solo se consigue con el tiempo, aunque incluso hay adultos que aún no lo han logrado, ¿cómo pretender que un niño sí lo haga?.
Otro punto muy importante es la influencia que nosotros ejercemos en ellos, no olvidemos que no dejan de ser espejos de lo que hay dentro de la familia. Unos padres en constante estado de tensión influirán negativamente en el desarrollo emocional del niño, que se verá afectado en su conducta, siendo más propenso al nerviosismo y a la irritabilidad. Si en condiciones normales nos alteramos demasiado, perdemos los nervios con facilidad y no controlamos nuestras emociones, no podemos pensar que nuestros hijos sí lo harán. Hay que autoanalizarse para ver si somos nosotros los que estamos influenciando demasiado a nuestros hijos, en este punto claro, y regularnos primeramente para poder ayudarles a ellos.
Exigirles demasiado también pasa factura, ya que se sienten evaluados constantemente y eso les provoca un estado de tensión difícilmente controlable. Este punto estaría en relación directa con “quiéreme como soy, no como quieras que sea”, esperar de ellos algo que no pueden dar es forzarles a ir contra natura.
Ayudarles a manejar situaciones es muy importante, evitaremos muchos enfados infantiles y aprenderán a controlar sus emociones de forma natural.
Mas información | Dr. Sears, A través de la infancia
Imagen | lepiaf.geo
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