"¿Qué te parece?"

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Desde que mi hijo mayor empezó a hablar, siempre hemos tratado de mantener con él una conversación fluida (dentro de los márgenes de la capacidad que su edad y desarrollo le marcaban), explicarle las cosas, darle rienda suelta a sus curiosidades…

Pero, al margen de lo anterior, hemos procurado siempre utilizar el lenguaje para llegar a acuerdos con él, para que se dé cuenta de que su opinión también cuenta...

Siempre que hablamos de lo que vamos a hacer, le contamos el orden de las actividades, etc. concluimos con un “¿qué te parece?”, al que él nos responde con un “bien” o “mal”. Si su respuesta es la primera, no hay ningún problema, todos estamos de acuerdo. Pero, si su respuesta es la segunda, iniciamos un pequeño diálogo, en el que él trata de explicarnos lo que no le gusta, o como le gustaría que fuesen las cosas.

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Es evidente que no siempre las opciones de los niños son del todo factibles, pero aún así es bueno dejarles hablar, opinar, expresarse, por dos razones fundamentales:
  • desarrollan su lenguaje
  • amplian su capacidad de negociación

Éste último punto es fundamental, que aprendan a negociar. Negociación que implica, por una parte, utilizar el lenguaje con el fin de que los demás conozcan nuestro punto de vista, nuestros gustos y, por otra parte, y no menos importante, aprender a acatar los pactos o acuerdos a los que llegan.

Hoy por hoy, nuestro hijo utiliza el “¿qué te parece?” en muchas ocasiones en las que nos quiere pedir algo, y nosotros lo utilizamos con él cuando queremos o tenemos que compartir alguna actividad en la que él participa y especialmente ante cualquier riesgo de “capricho”.

Pongamos un ejemplo a todo esto. Es la hora de cenar, y nuestro hijo se encuentra embebido con sus juguetes. Ante la recomendación de que deje sus juguetes porque es la hora de cenar, su negativa en algunos casos es inmediata. Generalmente, basta con ir a junto de él y decirle, por ejemplo, “puedes jugar dos minutos más mientras te caliento la leche, ¿qué te parece?”. Ante lo cuál él se pone contento, pues puede quedarse a jugar un poquito más (que es lo que él pretendía), y nosotros satisfechos porque al cabo de dos minutos nos acercamos a él y le decimos “ya han pasado los dos minutos, recoge tus juguetes y ven a cenar”. Él sabe que lo pactó y lo cumple. Un claro ejemplo, de que cediendo un poco todos, podemos evitar los caprichos innecesarios.

¿Qué os parece?

Foto|TheCureMX

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