Eso es lo que siempre defiendo “nunca es tarde para rectificar“, porque aunque muchos padres nos demos cuenta de que no hemos actuado de la manera más correcta ante nuestros hijos, todos somos humanos y cometemos errores, no debemos olvidar que rectificar es de sabios y siempre podremos modificar nuestras conductas respecto a la educación de nuestros hijos.
Digo esto porque me doy cuenta, a diario, que no siempre se hacen bien las cosas y el resultado se ve claramente en el comportamiento de los niños. Cada acción tiene su reacción y lo bueno de esto es que observandoles nos damos cuenta de lo que podemos estar haciendo mal. Lo único que hay que tener es voluntad de cambio, y lo más importante, humildad para reconocer nuestros errores.
Nadie dijo que ser padre fuese una tarea fácil, pero se hace menos compleja cuando aprendemos a escuchar las necesidades reales de nuestros hijos. Esto no es demasiado complicado, solo tenemos que dejar de pensar en el hijo que queremos que sea y aceptar realmente el hijo que tenemos. Esa es la base primordial para una asegurar una buena relación entre personas y, ante todo, no pretender cambiarles, al igual que nos queremos que nos cambien a nosotros.
Una vez aceptada esta premisa podremos lograr entender su postura. No olvidemos que nosotros también fuimos niños y teníamos nuestra propia personalidad, aunque en ocasiones los adultos no lo vieran así. Pero estamos en otra época, ahora nosotros somos los padres y queremos hacerlo lo mejor que podamos. Por ello tenemos este afán de mejorar y de no fallarles.
Aunque haya situaciones que se nos escapen de las manos, tenemos nuestro límite, no podemos pensar que está todo perdido, sobre todo cuanto mayores se van haciendo. Esa actitud derrotista nos aleja cada vez más de ellos, creando una barrera que dificilmente romperemos. Lo más importante, mirar siempre hacia delante y no lamentarnos constantemente de lo que no hicimos, sino más bien fijarnos siempre en lo que haremos.
Es muy común escuchar los comentarios de algunos padres que se quejan de la rebeldía constante de sus hijos, pero sin pararse a pensar en lo que realmente lleva a ese niño a comportarse de esa forma. Al final admiten que no saben que hacer con ellos, porque la situación se les escapa de las manos. Evidentemente habrá familias que necesiten la orientación de un profesional para controlar la situación, pero otras veces solamente necesitamos prestarles un poco de atención para que todo mejore notablemente.
La importancia del perdón
En cualquier caso hay que hablar con ellos, admitir nuestras equivocaciones y escuchar lo que nos tienen que decir, por muy duro que nos parezca. El diálogo es parte fundamental de la convivencia, sin él no sabemos lo que pasa por la cabeza del otro y lo mismo sucede con nuestros hijos, no son adivinos y muchas de nuestras acciones no muestran el cariño que les tenemos. No olvidemos nunca que ellos no son los culpables de lo que nos sucede a nosotros, pero siempre suelen ser los que pagan el pato.
También les exigimos que pidan perdón cuando hacen algo mal, o se equivocan, pero ¿nosotros lo hacemos también?. Hay padres que opinan que ellos no tienen que disculparse, que pierden entonces autoridad, sin darse cuenta realmente que lo que pierden es el verdadero respeto de su hijo, puesto que el pedir perdón no es sinónimo de flaqueza, sino todo lo contrario.
Lo más importante de todo es no centrarnos únicamente en lo que hicimos mal, sino procurar recuperar parte de lo perdido y no volver a cometer los mismos errores. Los niños tienen una gran capacidad para perdonar que con los años parece que se va perdiendo. Un pequeño cambio en nosotros puede obrar milagros, solo hay que proponerse modificar las prioridades en nuestra vida y ver los resultados que estas decisiones obran en nuestros hijos, por lo que siempre seguiré diciendo “nunca es tarde para rectificar“, y añado que cualquier momento es ideal para hacerlo.
Imagen | Esparta
Comentarios
Gracias a los peques he re-aprendido a pedir perdón...
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