Las comparaciones son odiosas... y más entre niños

0 comentarios

pelea
Cuántas veces nos han dicho a los padres que no debemos comparar unos niños con otros, ni siquiera a los hermanos, pues todos son diferentes, con ritmos diferentes y personalidades que tienen muchos puntos de conexión y otros muchos de divergencias.

Y cuántas veces nos hemos sorprendido a nosotros mismos intentando que uno de nuestros hijos se compare con su hermano, hablándole de lo bien que se porta el otro. Hasta de su facilidad para el deporte o su belleza, como si eso fuese responsabilidad del pobre niño.

Para rematar, acabamos poniéndoles etiquetas: el listo, la alta, el dócil… y la desobediente, el torpe y el vago. Y los pobres críos, claro, cooperando: si soy el vago, me comporto como tal. En psicología se llama efecto Pigmalión, responder a las expectativas que los demás tienen de nosotros; se habla especialmente de ello a nivel de la escuela.

No hay nada más decepcionante que nos comparen negativamente con los demás. Ni más inútil, pues no vamos a mejorar porque nos pasen por las narices que nuestros compañeros sean mejores, sino que nos vamos a sentir humillados y rabiosos contra el mundo o contra nosotros mismos. Resultado: la autoestima por los suelos y la capacidad de reacción muy mermada. En el caso de un niño, aún peor.

Es que es muy difícil no hacerlo. Para empezar, es imposible criar a todos los hijos igual, aunque siempre digamos que lo hacemos así. Hombre, no le decimos a uno que se lave los dientes y al otro que no, pero las circunstancias son diferentes con uno y otro; por ejemplo, cuando tenemos el primero no hay ningún otro niño y el segundo ya nace con un hermano. Todo es muy diferente.

A veces sentimos satisfacción por la personalidad de uno de nuestros hijos y decepción por la del otro. Nos hartamos de decir lo bueno y fuerte que es uno de ellos, ¿cómo se sentirá el otro, el que no recibe apenas nada más que reproches? La clave está en la confianza. Confiar en que la evolución humana ha puesto en todos nuestros hijos lo necesario para que sean adultos maduros. Hacerles ver que los queremos sean como sean, incondicionalmente y que ellos son los que pueden elegir cómo quieren ser. Compararlos sólo consigo mismos, para que vean sus progresos.

Confiar, confiar… Aprovechemos el efecto Pigmalión en su vertiente positiva: si esperamos lo buenos de nuestros hijos, nos lo darán. Nosotros somos los adultos, nosotros somos los que hemos de cambiar ese círculo vicioso. Y disfrutemos de cada hijo por separado.

Más información | Blog de clavé psicopedagogs, Con niños.
En Peques y más | Libro sobre relaciones entre hermanos: “Jo, siempre él”.
Foto | Emme M.

Anunciate aquí
Anunciate aquí
Anunciate aquí

¿Quieres saber más?

Artículos

Artículos relacionados que probablemente también te interesen

Ver más

+ Deja tu comentario

Escribir un comentario

Para hacer un comentario es necesario que te identifiques: ENTRA o conéctate con Facebook Connect

Anunciate aquí

Comentarios

WSL Weblogs SL