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Si nos remitimos a la Real Academia Española, ésta nos define literalmente empatÃa como: “Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro.”.
Esta definición que todos conocemos por su sencillez, no resulta tan sencilla cuando nos ponemos manos a la obra y pretendemos llevarla a la práctica.
Y es que si nos es difÃcil ponernos en el lugar de otro, cuando este otro es de nuestra edad y, por tanto, encontrarermos una mayor semejanza mental y afectiva; tanto mayor será esa dificultad cuando pretendemos “empatizar” con nuestros hijos, cuya situación o caracterÃsticas mentales y afectivas distan tanto de las nuestras.
Mi experiencia personal me dice que lo que hacemos poco los padres es acordarnos de nuestra infancia. Nos empeñamos en ponernos en nuestro papel de adultos sin pensar que el papel de nuestros hijos es el de niños, con toda la energÃa, aumento de personalidad, cierta rebeldÃa, cierta desobediencia…, que la infancia conlleva. ¿Quién no ha jugado, corrido, gritado hasta lÃmites increÃbles? ¿Quién no se ha rebelado a sus padres? ¿A quien no le ha dado cierto gusto pasar por alto las normas paternas, en un intento de demostrar que existimos y nos hacemos mayores?
No me cabe duda de que pretendemos que nuestros hijos sientan empatÃa por nosotros, pero creemos que tener empatÃa con nuestros hijos es dejarlos hacer lo que quieran, es dejarlos desobedecer. Nada más lejos de mi intención ni de mi creencia ni de mi estilo en la educación de mis hijos.
Quizás debiéramos ponernos en su lugar cuando se encaprichan, porque quizás lo que necesiten es un abrazo y no una regañina. Un abrazo que los calme y que nos permita un par de minutos más tarde hablar con ellos.
Piénsenlo, pero sobre todo, pónganlo en práctica.
Foto | Landahlauts
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