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Me gustaría hablaros de las implicaciones que tiene para el “hermano mayor” la llegada de un bebé a casa, y como los padres podemos facilitar la adaptación. Desde mi punto de vista si cuando una pareja tiene su primer hijo la familia debe reajustarse y (obviamente) todo cambia puesto que en ese momento el centro de interés es el bebé, cuando llega el hermanito los ajustes son necesarios (de nuevo) pero aún más la atención de las emociones y necesidades del que será el “mayor” (y esta palabra a veces puede sonar grande si el niñito apenas tiene dos o cuatro años).

Es muy frecuente que nuestro niño crezca (de repente) ante nuestros ojos, y nos parecerá que en lugar de haber pasado pocos días fuera de casa antes de volver con el bebé, hayan transcurrido semanas. Me sucedió a mí y eso que mi hijo mayor apenas estuvo separado unas horas de mi: lo vi “tan grande”, ¿cómo podía ser?, si sólo tenía dos años. En ocasiones somos nosotros los que le hacemos “grandes” y esperamos de ellos cosas que no pueden hacer, en lugar de ingeniárnoslas para entenderles y sentir lo que sienten.

El papel de los padres es fundamental

Sería muy conveniente que durante el segundo (o tercer) embarazo tuviéramos la capacidad de implicar realmente a los que serán hermanos mayores: y no me refiero sólo a “vas a tener un hermanito”, mira la ecografía “me ha dicho el médico que será niña”. Debemos ser capaces de anticiparles que su vida va a cambiar, y que será para bien aunque “los papás no van a tener el mismo tiempo para dedicarte a ti solo”, y debemos ser capaces de asegurarles que les vamos a continuar queriendo para siempre e incondicionalmente pase lo que pase.

Hay algo que siempre me llama la atención (y me molesta, para que voy a engañar), y es cuando una familia pasea y los conocidos que encuentra a su paso se empeñan en explicarle al recién “hermano mayor” que debe cuidar del bebé y ayudar a sus papás. ¿Pero cómo un niño de dos, cuatro, seis, ocho años podría asumir esas responsabilidades?, ya sé que en ocasiones se dice en sentido figurado, pero siempre he procurado evitar esas situaciones por mi salud mental

Tras el nacimiento todo resulta desconcertante para el “mayor”, de nuevo un esfuerzo por parte de los padres de implicarle para que conozca al nuevo miembro de la familia y se acostumbre a él facilitará las cosas: mirará sorprendido el tamaño de las manitas y preguntará porque duerme tanto, se enfadará cuando mientras le leemos un cuento despierta y quiere comer y sonreirá al descubrir los gestos que hace.

La relación entre hermanos es siempre muy especial, puede ser tormentosa o apacible, fluida o complicada, pero la sinceridad de sentimientos en el interior de la familia, la complicidad y la seguridad de vivir momentos únicos e irrepetibles que formaran parte de la vida de una persona, se convierten en un vínculo natural que les mantendrá siempre unidos

Vigilar los sentimientos

El niño reclamará nuestra atención de diferentes formas y debemos ser capaces de estar con él y por él, y también de pasar momentos a solas (mientras el bebé duerme en otra habitación o está a brazos de papá que por fin llegó de trabajar). Si tiene dos añitos puede que sólo quiera estar con su madre aunque deba compartirla, si tiene cuatro vendría bien un poco de ayuda extra: el papá, un familiar o un amigo podría llevarle a parque para que juegue con otros niños, si tiene más de seis, nos reservaremos “momentos especiales” con él cuando salga de la escuela.

Atender a más de un niño no es fácil, pero tampoco imposible, y lo que más nos hará falta a los papás (sobre todo a las mamás) es que alguien nos pueda cuidar un poco a nosotros para encontrarnos de mejor humor y tener más paciencia

Por otra parte a nuestro hijo “mayor” no deberíamos atribuirle más responsabilidades de las que tiene (sólo porque nosotros estaremos más ocupados) ni esperar de él más de lo que es capaz de hacer por nosotros. Con esto último me refiero que si se produce un retroceso (cosa que puede ser predecible) como por ejemplo que se vuelve a hacer pipí por la noche, o que se muestra desganado o retraído, o que no recoge sus juguetes, no pensemos que nos quiere fastidiar, es que quizás lo esté pasando mal, . “Vamos a quedarnos junto a él abrazándole para que sienta nuestra presencia y que sepa que todo pasará que poco a poco se sentirá mejor”.

Además de entender al mayor, de dedicarle tiempo en exclusiva, de permitir la expresión de sus emociones y que acaricie al pequeño, es útil concederle o mantener ciertos privilegios (y esto debería ser así por mucho tiempo) adecuados a su edad: una pequeña paga, poder pasar una tarde en casa de su amigo, el album de cromos que quiere desde hace semanas, ser el encargado de cepillar al gato. Estos gestos se mantendrán incluso durante los primeros años de vida del nuevo bebé, y es que a pesar de que amemos a todos nuestros hijos por igual no es necesario darles las mismas cosas.

Cuando son niños los hermanos pelean, luchan como cachorros de león, se gritan, pero también se abrazan, se esconden debajo de la mesa para contarse confidencias, se leen cuentos, se peinan unos a otros y se dicen “te quiero”, se alían frente a las injusticias que cometen los padres y se defienden ante los abusos de otros niños. Como veréis hay más cosas buenas que malas, sólo debemos ser capaces de verlas, y también de potenciarlas (utilizando sólo los malos momentos para aprender), al fin y al cabo la tarea de guiarlos y “llevarlos” hasta la edad adulta es nuestra.

Imagen | Jusben
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