Con el verano a la vuelta de la esquina ya todos los niños sueñan con bañarse en la piscina. Y cuando se habla de piscinas y niños hay un tema inevitable: los cursos de natación.
En estas fechas muchas piscinas ofertan cursillos intensivos para enseñar a nadar a nuestros hijos, y los padres, en parte pensando en el buen rato que pasarán en el agua y en parte porque nos parece necesario para su seguridad, les apuntamos. Yo estuve en uno de esos cursillos en mi niñez, y lamentablemente no guardo buenos recuerdos de la experiencia.
Las piscinas aprovechan el horario anterior a la apertura al público para tener las instalaciones en exclusiva. Así que los niños deben madrugar y salir de casa temprano. Al llegar a la piscina las cosas no mejoran: hay que meterse en el agua, y a las nueve de la mañana ni la temperatura ambiente ni la del agua hacen que el baño sea algo apetecible.
Los cursillos intensivos suelen ser quincenales, es poco tiempo para que se produzcan avances de forma natural, pero a los padres nos gusta ver resultados y a los monitores también. Tengamos en cuenta que una quincena en realidad son sólo diez sesiones y eso supone un problema para la consecución de objetivos.
El primer objetivo es que los niños pierdan el miedo al agua, mi monitor nos tiraba al centro de la piscina y luego se lanzaba a buscarnos para que viéramos que no pasaba nada. Quiero pensar que en más de dos décadas los métodos han mejorado, pero sigue sin gustarme el modo en que lo hacen algunos instructores.
En mi cursillo sólo dos niñas aprendieron a nadar: el último día del curso hicieron un largo sollozando de miedo, tengo esa imagen grabada en la memoria.
Las cosas no deberían ser así. Cuando los niños acuden con regularidad a una piscina o a la playa pierden el miedo a su ritmo y sin presiones, luego poco a poco van probando cosas nuevas hasta que un buen día empiezan a nadar. Luego habrá tiempo para mejorar la técnica.
Actualmente existe una amplia oferta de piscinas cubiertas, por lo que podemos optar por apuntar a nuestros hijos a cursos durante todo el año, donde no hay tanta urgencia y el ritmo es menos forzado. Incluso podemos conseguir un bono y disfrutar del agua en familia o contratar un monitor que acompañe a nuestros hijos en su aprendizaje.
Yo personalmente nunca quise volver a natación y aprendí sola algunos años después. Por lo que mi consejo es que, si apuntáis a vuestros hijos a un cursillo este verano y no queréis que la experiencia les resulte traumática, no está de más tener una charla con el profesor y explicarle vuestras expectativas en cuanto a los objetivos
Fotos | Terren in Virginia, David Joyce
Comentarios
Mis hijos van a la piscina desde chiquititos. Están apuntados todo el año, aunque con los constipados y demás no van todas las semanas, pero es suficiente para que se mantenga la costumbre de flotar en el agua y no pierdan de un año para otro. Además así adquieren el hábito del ejercicio. Van a una piscina muy pequeñita (sólo van niños hasta 6 años) pero los profes tienen mucha experiencia y sobretodo la dueña de la piscina que siempre está pendiente de que los niños estén agusto, cambiándolos de grupo si ve que no disfrutan. Al mayor le gusta menos, pero ahora que le han pasado al grupo de los mayores está super motivado. El pequeñajo se lo pasa en grande.
Como dice camaleona la motivación es clave, la verdad. Yo de pequeño tenía miedo al mar, aprendí a nadar en una piscina y la verdad es que en poco tiempo teníamos por la mano el tema, que se reducía a hacer caso a las monitoras. Eso sí, es posible que haya de todo por ahí, no lo discuto ;)
Particularmente no entiendo que la natación no sea una materia al mismo nivel que las matemáticas en la escuela.
Seguro que el niño sacará más provecho a poder nadar los 4 estilos y defenderse en el agua que a resolver un logaritmo neperiano.
Aparte que es muy sano y muy divertido :)
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